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lunes, 17 de enero de 2011

LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS

Por su revelación, transmitida oralmente o por
escrito en la Iglesia, “Dios invisible habla a los hombres como AMIGO (ver Exodo 33, 11; Juan 15, 14-15), movido por su gran amor, mora con ellos (Baruc 3, 38) para invitarlos a
la comunión consigo y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum 2). La respuesta
adecuada por parte del hombre a la invitación de Dios es la FE. Esta fe nace en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el
corazón de los creyentes mediante la escucha de la Palabra de Dios en la
Iglesia (ver Romanos 10,17), lleva a un consentimiento  y a un compromiso por parte del hombre con miras a instaurar una alianza duradera entre el Creador y su criatura. Por la
fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con
todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela, se confía libre y
totalmente a Dios. La Sagrada Escritura (ver Romanos 1, 5; Romanos 16, 26)
llama “obediencia de la fe” a esta
respuesta del hombre a Dios que revela.
“Obedecer en la fe”, es someterse libremente a la palabra escuchada,
porque su verdad está garantizada por Dios, que es la Verdad misma. De esta
obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura: “Por la
fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y
salió sin saber a dónde iba” (ver Hebreos 11, 8; Génesis 12, 1-4); por la fe,
vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (ver Génesis 23, 4);
por la fe, a Sara se le otorgó el concebir al hijo de la promesa y, finalmente,
por la fe, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (ver Hebreos 11,
17-19). Y aunque muchos hombres y mujeres del Antiguo Testamento merecieron el
elogio de la fe ejemplar, Dios tenía ya dispuesto algo mejor: la gracia de creer
en su Hijo Jesús, “el que inicia y consuma la fe” (Hebreos 11, 40; Hebreos 12,
2).
La Virgen María realiza de la manera más perfecta la “obediencia de la fe”: en
la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel,
creyendo que
“nada es imposible para Dios” (Lucas 1, 37; Génesis 18, 14) y dando su
asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”
(Lucas 1, 38). Isabel la saludó: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirán la
cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lucas 1, 45); por esta fe
todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (ver Lucas 1, 48). Durante
toda su vida, y hasta su última prueba (Lucas 2, 35), cuando Jesús, su hijo,
murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento”
de la palabra de Dios. Ella, como dice San Ireneo, “obedeciendo fue causa de su
salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso no pocos Padres
antiguos en su predicación gustosamente afirman con él: “El nudo de la desobediencia
de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por su
incredulidad, lo desató la Virgen María por su fe”; y comparándola con Eva
llaman a María “Madre de los vivientes”, y afirman con mucha frecuencia: “la
muerte nos vino por Eva, la vida por María (ver Lumen Gentium 56). María es
virgen porque su virginidad es signo de su fe “no adulterada por duda alguna” (Lumen
Gentium 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le
hace llegar a ser la madre del Salvador: “Más bienaventurada es María al
recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (San
Agustín, de sancta virginitate 3)  Por todo ello, la Iglesia venera en María
la realización más pura de la FE.
La fe es ante todo una adhesión personal del hombre
a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a TODA la
verdad que Dios ha revelado. Para el cristiano, creer en Dios es
inseparablemente creer en Aquel que El ha enviado, su “Hijo amado” en quien ha
puesto toda su complacencia (Marcos 1, 11) Dios nos ha dicho que le escuchemos
(ver Marcos 9, 7). El Señor mismo dice a sus discípulos: “Creed en Dios, creed
también en mi” (Juan 14, 1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el
Verbo hecho carne:
Nosotros creemos y confesamos que Jesús
de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey
Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto
crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado
del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha
"salido de Dios" (Juan 13, 3), "bajó del cielo" (Juan 3,
13; Juan 6, 33), "ha venido en carne" (1 Juan 4, 2), porque "la
Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de
verdad... Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia"
(Juan 1, 14. 16).
(ver CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n.
424)
“A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único que
está en el seno del Padre, el lo ha contado” (Juan 1, 18). Porque “ha visto al
Padre” (Juan 6, 16), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (ver Mateo
11, 27). No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el
Espíritu Santo quien revela a los hombres quien es Jesús. Para entrar en
contacto con Cristo, es necesario primero haber sido atraído por el Espíritu
Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el
Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre
y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu
Santo en la Iglesia. “El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de
Dios… Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2,
10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu
Santo porque es Dios. “La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima
Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo” (San Cesáreo de Arlés)
LAS CARACTERISTICAS DE LA FE
1.   La fe es una gracia
Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha
venido "de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los
cielos" (Mateo 16,17; confrontar con la vocación de San Pablo: Gálatas
1,15-17; y con la de los pequeños: Mateo 11,25). La fe es un don de Dios, una
virtud sobrenatural infundida por él, "Para dar esta respuesta de la fe es
necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio
interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón y lo dirige a Dios, abre los
ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad'"
(Dei Verbum 5).
     
 
     2.    La fe es un acto humano
Sólo es posible creer por la gracia y
los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer
es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la
inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las
verdades por él reveladas, porque “la razón más alta de la dignidad humana
consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y
simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo
conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando
reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.
Muchos son, sin embargo, los que hoy
día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan
en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro
tiempo.
Y debe ser examinado con toda atención.  La
palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que juzgan como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre esta base puramente científica sostienen que todo se explica
únicamente por esa razón científica o, por el contrario, rechazan sin excepción
toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin
contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la
afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por
ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera
se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no
sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por
el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta
contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del
carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente
como reemplazos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el
acceso del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y evitar con rodeo las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad.
Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno
originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe
contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en
algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual,
en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios
creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la
exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida
religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro
de Dios y de la religión” (Gaudium et spes 19).
En la fe, la inteligencia y la voluntad
humanas cooperan con la gracia divina: "Creer es un acto del entendimiento
que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios
mediante la gracia" (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 2,9; confrontar Concilio
Vaticano I: DS 3010).
El motivo de creer no radica en el
hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a
la luz de nuestra razón natural. Creemos "a causa de la autoridad de Dios
mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos". "Sin
embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha
querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las
pruebas exteriores de su revelación" (DS 3009). Los milagros de Cristo y
de los santos (confrontar Marcos 16,17-18; Hechos 2,4), las profecías, la
propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad
"son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de
todos", "motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de
la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu" (Concilio
Vaticano I: DS 3008-10).
La fe es cierta, más cierta que todo
conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede
mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y
a la experiencia humanas, pero "la certeza que da la luz divina es mayor
que la que da la luz de la razón natural" (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2,
171,5, obj.3). "Diez mil dificultades no hacen una sola duda" (J.H.
Newman, apol.).
 
"La fe trata de comprender" (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada
vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre "los ojos del
corazón" (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la
Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de
la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado.
Ahora bien, "para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda,
el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus
dones" (Dei Verbum 5). Así, según el adagio de S. Agustín (serm. 43,7,9),
"creo para comprender y comprendo para creer mejor". Cuando el
espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para
adherirse y responder a lo que Dios pide, hay que ayudarse meditando las
Sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, empleando las imágenes
sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los
Padres espirituales, las obras de espiritualidad, el gran libro de la acción y
el de la historia, la página del “hoy” de Dios pues “en El vivimos, nos movemos
y existimos” (CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n. 2705)
Fe y ciencia. "A pesar de
que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre
ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha
hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría
negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero" (Concilio
Vaticano I: DS 3017). "Por eso, la investigación metódica en todas las
disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas
morales, nuca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades
profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún,
quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo
escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios,
que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son" (Gaudium et Spes
36,2).
"Ciertamente, Dios llama a los
hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su
conciencia, pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que El mismo ha
creado, que debe regirse por su propia determinación y gozar de libertad. Esto
se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús en quien Dios se manifestó
perfectamente a sí mismo y descubrió sus caminos. En efecto, Cristo, que es
Maestro y Señor Nuestro (ver Juan 13, 13) manso y humilde de corazón (ver Mateo
11, 28) atrajo pacientemente e invitó a los discípulos (Mateo 11, 28-30; Juan
6, 67-68)" (Dignitatis Humanae 11). Cristo invitó a la fe y a la
conversión, él no forzó jamás a nadie jamás. "Dio testimonio de la verdad
(ver Juan 18, 37), pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le
contradecían. Pues su reino no se defiende a golpes (ver Mateo 26, 51-53; Juan
18,36) sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole oído,
y crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres
hacia Él" (ver Juan 12, 36)  (Dignitatis Humanae 11). “Los Apóstoles, enseñados por la palabra y por el ejemplo de
Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia los
discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar a Cristo
Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino
ante todo por la virtud de la palabra de Dios (ver 1Corintios 2, 3-5;
1Tesalonicences 2, 3-12). Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios
Salvador, "que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al
conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2, 4); pero al mismo tiempo respetaban a los débiles,
aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo "cada cual
dará a Dios cuenta de sí" (Romanos 14, 12), debiendo obedecer
entretanto a su conciencia. Lo mismo que Cristo, los Apóstoles estuvieron
siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a
proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades,
"la palabra de Dios con confianza" (Hechos 4, 31; Efesios 6, 19-20).
Pues creían con fe firme que el Evangelio mismo era verdaderamente la virtud de
Dios para la salvación de todo el que cree (Romanos 1, 16). Despreciando, pues,
todas "las armas de la carne"  (2Corintios 10,4; 1Tesalonicenses 5, 8-9), y
siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron
la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra
para destruir los poderes enemigos de Dios (ver Efesios 6, 11-17) y llevar a
los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo (confrontar 2 Corintios 10, 3-5).
Los Apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil:
"no hay autoridad que no provenga de Dios", enseña el Apóstol, que en
consecuencia manda: "toda persona esté sometida a las potestades superiores...;
quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios" (Romanos 13, 1-2; 1Pedro 2, 13-17). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste
se oponía a la santa voluntad de Dios: "hay que obedecer a Dios antes que
a los hombres" (Hechos 5,
29; Hechos 4, 19-20). Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a
través de los siglos y en todo el mundo” (Dignitatis Humanae 11).
 
 
Creer en Cristo Jesús y en Aquél que lo envió
para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (ver  Marcos 16,16; Juan 3,36; Juan 6,40 e.a.).
"Puesto que `sin la fe... es imposible agradar a Dios' (Hebreos 11,6) y
llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella
y nadie, a no ser que `haya perseverado en ella hasta el fin' (Mateo 10,22; Mateo
24,13), obtendrá la vida eterna" (Concilio Vaticano I: DS 3012; cf. Concilio
de Trento: DS 1532).
La fe es un don gratuito que Dios hace al
hombre. Este don inestimable podemos
perderlo; San  Pablo advierte de ello a
Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia
recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1 Timoteo
1,18-19).
Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos
alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (ver
Marcos 9,24; Lucas 17,5; Lucas 22,32); debe "actuar por la caridad"
(Gálatas 5,6; confrontar Santiago 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (confrontar
Romanos 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.
La fe nos hace gustar de antemano el gozo y
la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces
veremos a Dios "cara a cara" (1 Corintios 13,12), "tal cual
es" (1 Juan 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna:
 Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo,
es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura
que gozaremos un día (S. Basilio, Spir. 15,36; confrontar  S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).
Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe
y no en la visión" (2 Corintios 5,7), y conocemos a Dios "como en un
espejo, de una manera confusa,...imperfecta" (1 Corintios 13,12). Luminosa
por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El
mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos
asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la
muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a
ser para ella una tentación.
Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham,
que creyó, "esperando contra toda esperanza" (Romanos 4,18); la
Virgen María que, en "la peregrinación de la fe" (Lumen Gentium 58),
llegó hasta la "noche de la fe" (Juan Pablo II, Redemptoris Mater 18)
participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y
tantos otros testigos de la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hebreos 12,1-2).
BIBLIOGRAFIA:
CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA.  n. 142-165
CONCILIO ECUMENICO VATICANO II
Constitución
Dogmática Lumen Gentium
Constitución
Dogmática Dei Verbum
Constitución
Pastoral  Gaudium et Spes
Declaración
Dignitatis Humanae
MAGISTERIO DE LA IGLESIA (DS)

sábado, 4 de diciembre de 2010

FUENTES DE LA REVELACIÓN

Dios "quiere que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2,4), es decir,
al conocimiento de Cristo Jesús (confrontar Juan 14,6). Es preciso, pues, que
Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la
Revelación llegue hasta los confines del mundo:
Dios quiso que lo que había revelado para salvación de
todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas
las edades (Dei Verbum 7).
"Cristo nuestro Señor, plenitud de la
revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio
como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta,
comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas,
que el mismo cumplió y promulgó con su boca" (Dei Verbum 7).
La transmisión del evangelio, según el
mandato del Señor, se hizo de dos maneras:
oralmente:
"los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones,
transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de
Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó";
por
escrito
: "los mismos apóstoles y otros de su generación
pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu
Santo" (Dei Verbum 7).
Una parte de las verdades reveladas fue escrita por
aquellos a quienes Dios las reveló; esta parte se llama Sagrada Escritura. Otra parte Nofue escrita, sino transmitida verbalmente, y se llama Tradición.
La Sagrada Escritura y la Tradición contienen, pues, TODA LA
DOCTRINA REVELADA; y se llaman por eso las
fuentes de la Revelación.
Tanto la Escritura como la Tradición son la Palabra de
Dios, esto es, su enseñanza comprobada por milagros y profecías; con la
diferencia de que la Tradición no fue escrita por aquellos a quien Dios la
reveló; aunque después con el tiempo otras personas si pudieron escribirla,
para conservarla con mayor fidelidad.
1.   LA TRADICIÓN
"La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el
Espíritu Santo a los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para
que ellos, iluminados  por el Espíritu de
la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación
"
En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas,
disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en
las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran
Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas
épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquellas pueden ser mantenidas,
modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.
2.   LA SAGRADA ESCRITURA
La Sagrada Escritura es la palabra o enseñanza de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, por aquellos a quienes Dios
la reveló. En consecuencia, “tiene a Dios por autor”, como dice el Concilio Vaticano.
“Dios
es el autor de la Sagrada Escritura
. "Las verdades
reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se
consignaron por inspiración del Espíritu Santo".
"La santa Madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que,
escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como
tales han sido confiados a la Iglesia" (Dei Verbum 11).
Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados.
"En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres
elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo obrando
Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y
sólo lo que Dios quería" (Dei Verbum 11).
Los libros inspirados enseñan la verdad. "Como todo lo que
afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se
sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la
verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra" (Dei
Verbum 11).” (CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n. 105-107)
La Sagrada Escritura se llama Biblia (del griego biblos,
que significa libro).
La Biblia ha sido traducida (del arameo, hebreo y griego
en que fue escrita) a todos los idiomas infinidad de veces. La más célebre de
las traducciones es la Vulgata hecha por San Jerónimo (muerto en el año 420 D.C), al idioma latino, y que la Iglesia reconoce como versión oficial. Se llama vulgata porque entonces el latín era tenido como lengua popular o vulgar respecto al griego. También es célebre la traducción de los setenta, que remonta más o menos  al año 130 A.C. Es
la versión  de los libros del Antiguo Testamento, traducida del hebreo al griego, hecha según tradición por setenta sabios de Alejandría.
La
Sagrada Escritura se divide en antiguo y nuevo Testamento. El antiguo comprende
los libros escritos antes de Cristo. El nuevo los escritos después de El
.
Testamento significa pacto o alianza. La Revelación, por
las promesas que hace Dios en      ella,
y por las obligaciones que impone, es un verdadero pacto entre Dios y los
hombres.
“Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos
sentidos de la Escritura: el sentido
literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico,
moral y anagógico.
La concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura
toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia.
El
sentido literal
. Es el sentido
significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que
sigue las reglas de la justa interpretación. "Omnes sensus (sc. sacrae
Scripturae) fundentur super litteralem" (S. Tomás de Aquino., s.th.
1,1,10, ad 1) Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el
sentido literal.
El
sentido espiritual
. Gracias a la unidad
del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las
realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.
El sentido alegórico. Podemos adquirir una
comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo su significación
en Cristo; así, el paso del Mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por
ello del Bautismo (confrontar 1 Corintios 10,2).
El sentido moral. Los acontecimientos
narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos
"para nuestra instrucción" (1 Corintios 10,11; confrontar Hebreos
3-4,11).
El sentido anagógico. Podemos ver
realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (en
griego: "anagoge") hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra
es signo de la Jerusalén celeste (confrontar Apocalipsis 21,1-22,5).”
(CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n. 115-117)
La TRADICIÓN APOSTÓLICA  hizo discernir a la
Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos (confrontar Dei Verbum
8,3). Esta lista integral es llamada "Canon" de las Escrituras.
Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se cuentan
Jeremías  y Lamentaciones  como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf. DS
179; 1334-1336; 1501-1504)




1.1  EL ANTIGUO TESTAMENTO


Los libros del Antiguo Testamento son: 
Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué,
Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos
libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros
de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de
los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las
Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás,
Miqueas, Nahúm , Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías.

 

De éstos,


21 libros
son Históricos:


17 son de Historia de todo el pueblo Judío,  a saber: El Pentateuco (Génesis, Exodo,
Levítico, Números, Deuteronomio),  Josué,
Jueces, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros
de las Crónicas (o Paralipómenos), Esdras y Nehemías, y los dos libros de los
Macabeos.


4 son de Historias particulares, a saber: Rut, Tobías,
Judit y Ester.


 

7 libros
son Didácticos:
Job, los Salmos, los Proverbios, el
Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico.




18 libros
son Proféticos
: Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc,
Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías. Teniendo en cuenta que los profetas
Mayores son: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.




“El Antiguo Testamento es una parte de la
Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros
divinamente inspirados y conservan un valor permanente (confrontar Dei Verbum
14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.


En efecto, "el fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal".
"Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros", los libros del
Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina pedagogía del amor
salvífico de Dios: "Contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría
salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de oración y esconden el
misterio de nuestra salvación" (Dei Verbum 15).


Los cristianos veneran el Antiguo Testamento
como verdadera Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre vigorosamente
la idea de prescindir del Antiguo Testamento so pretexto de que el Nuevo lo
habría hecho caduco (marcionismo).” (CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n.
121-123)




 


1.2   EL NUEVO TESTAMENTO


Los libros del Nuevo Testamento son:


Los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan,
los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo a los Romanos, la primera y
segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los
Colosenses, la primera y la segunda a los Tesalonicenses, la primera y la
segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de
Santiago, la primera y la segunda de Pedro, las tres cartas de Juan, la carta
de Judas y el Apocalipsis.




De estos,


5
libros son Históricos, a saber:
los 4 Evangelios (Mateo,
Marcos, Lucas y Juan) y los Hechos de los Apóstoles.


21
libros son doctrinales
, a saber: 14 Epístolas de San Pablo (a
los Romanos, 1 y 2 a los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1
y 2 a los Tesalonicenses, 1 y 2 a Timoteo, Tito, Filemón y a los Hebreos), una
Epístola de Santiago, 2 de San Pedro, 3 de San Juan y 1 de San Judas.


1
libro es Profético:
el Apocalipsis.




“La palabra de Dios, que es fuerza de Dios
para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo
privilegiado en el Nuevo Testamento" (Dei Verbum 17). Estos escritos nos
ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es
Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y
su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu
Santo (confrontar Dei Verbum 20).




Los evangelios son el corazón de todas las
Escrituras "por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la
Palabra hecha carne, nuestro Salvador" (Dei Verbum 18).




En la formación de los
evangelios se pueden distinguir tres etapas:




1. La vida y la enseñanza de Jesús. La Iglesia mantiene firmemente que los cuatro
evangelios, "cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo
que Jesús, Hijo de Dios,  viviendo entre
los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el
día    en que fue levantado al
cielo" (Dei Verbum 19).




2. La tradición oral. "Los apóstoles ciertamente después de la ascensión del
Señor predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella
crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos
gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad" (Dei Verbum 19).




3. Los evangelios escritos. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios
escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por
escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las
Iglesias, conservando por fin la forma de proclamación, de manera que siempre
nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús" (Dei Verbum 19).




El Evangelio cuadriforme ocupa en la Iglesia un lugar único; de ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en todo tiempo sobre los santos:




No hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida que el texto
del evangelio. Ved y retened lo que nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha
enseñado mediante sus palabras y realizado mediante sus obras (Santa Cesárea la
Joven, Rich. ).



Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones; en él
encuentro todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro siempre
nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos (Santa Teresa del Niño Jesús,
ms. auto. A 83v).” (CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA n.124-127)






Digamos una palabra sobre los símbolos con que se
representan los evangelistas, vislumbrados por el profeta Ezequiel (Ezequiel 1,
4-11). Están tomados de los hechos narrados en el primer capítulo de cada
Evangelio.


San
Mateo
empieza su Evangelio por el origen de Cristo en cuanto
hombre. Por eso se le dio por símbolo un rostro
humano.


San
Marcos
empieza por la predicación de San Juan el Bautista en el
desierto. Su símbolo es un león, animal del desierto.


San
Lucas
empieza por el sacrificio realizado por Zacarías en el
Templo, padre del Bautista. Su símbolo es un
ternero
, animal por excelencia de los sacrificios.


San
Juan

empieza con una página sublime sobre la generación eterna del Verbo. Su símbolo
es un águila, animal que se cierne
en las alturas.




Ponemos a continuación la lista de los libros sagrados, en
seguida del libro ponemos el siglo o el año en que se escribió. Cuando hay dos
fechas, la primera se refiere a los documentos más antiguos que se encuentran
en el libro, o a su primera redacción, y la segunda a su redacción definitiva,
tal como ha llegado hasta nosotros. Varios de estos libros tuvieron una
historia muy larga y complicada, y su composición, hasta alcanzar la redacción
que ha llegado hasta nosotros, duró incluso algunos siglos.




Libros
del Antiguo Testamento:


Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio: Siglos
XIII-VI a.C.


Josué: s. XII-VII.


Jueces: s. XI-VII.


Rut: s.VII o VI.


Los dos libros de Samuel: s. XI-VII.


Los dos libros de los Reyes: s. VII-VI.


Los dos libros de las Crónicas: s. IV.


 Esdras y Nehemías:
s. V-IV.


Tobías: s. III.


Judit: s. II.


Ester: s. IV.


I de los Macabeos: 104 a.C. aproximadamente.


II de los Macabeos: 110 a.C. aproximadamente.


Job: s. V.


Los Salmos: s. IX-IV.


Proverbios: s. X-IV.


Eclesiastés: s. III.


Cantar de los Cantares: s. IV.


Sabiduría: año 100 a.C, aproximadamente.


Eclesiástico (o Ben Sirac): hacia el año 190 a.C.


Isaías: VIII (los capítulos 40-66, s. VI).


Jeremías: s. VII-VI.


Lamentaciones o Trenos: sobre el 586 a.C.


Baruc: s. VI.


Ezequiel: s. VI.


Daniel: s. VI-II.


Oseas: s. VIII.


Joel: s. V.


Amós: s. VIII.


Abdías: s. VI-V.


Jonás: s. V-IV.


Miqueas: s. VIII.


Nahúm: sobre el 620 a.C.


Habacuc: sobre el 620 a.C.


Sofonías: sobre el 640-630 a.C.


Ageo: aproximadamente el 520 a.C.


Zacarías: años 520-518 a.C (los capítulos 9-14: s. IV), y


Malaquías: entre el 500 y el 445 a.C.






Libros
del Nuevo Testamento


Evangelio de Mateo: año 50 d.C., aproximadamente.


Evangelio de Marcos: año 55 d.C.


Evangelio de Lucas: año 60


Evangelio de Juan: sobre el año 100.


Hechos de los Apóstoles: año 63.


Carta a


los Romanos: año 58.


primera y segunda a los Corintios: 56 y 57.


a los Gálatas: 55 ó 56.


a los Efesios: entre el 61 y el 63.


a los Filipenses: sobre el 61


a los Colosenses: entre el 61 y el 63.


primera y segunda a los Tesalonicenses: 51 ó 52.  


primera y segunda a Timoteo: 64-65 y 66-67.


a Tito: 65 aproximadamente.


a Filemón: entre el 61 y el 63.


la carta a los Hebreos: aproximadamente, el año 67.


la carta de Santiago: sobre el año 49 (o bien hacia el 60)


la primera y la segunda de Pedro: 63-64 y 67.


las tres cartas de Juan: hacia el año 100.


la carta de San Judas: hacia el 63-64.


 y el Apocalipsis:
sobre el año 95 d.C.




“ "Es tan grande el
poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la
Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y
perenne de vida espiritual" (Dei Verbum 21). "Los fieles han de tener
fácil acceso a la Sagrada Escritura" (Dei Verbum 22).


"La Escritura debe ser
el alma de la teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación
pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto
privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento
saludable y por ella da frutos de santidad" (Dei Verbum 24).


La Iglesia "recomienda insistentemente a
todos los fieles...la lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la
ciencia suprema de Jesucristo' (Filipenses 3,8), 'pues desconocer la Escritura
es desconocer a Cristo' (S. Jerónimo)" (Dei Verbum 25).” (CATECISMO DE LA
IGLESIA CATOLICA n.131-133)








2.   EL DEPÓSITO DE LA FE CONFIADO A LA
TOTALIDAD DE LA IGLESIA




"El depósito sagrado" (confrontar 1 Timoteo 6,20; 2 Timoteo 1,12-14) de la fe
(depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada
Escritura fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia.
"Fiel a dicho
depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre
en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así
se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar,
practicar y profesar la fe recibida" (Dei Verbum 10).




          3.1 El Magisterio de la Iglesia


"El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en
nombre de Jesucristo" (Dei Verbum 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.




"El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido,
pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha
devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único
depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser
creído" (Dei Verbum 10).




Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mi me escucha" (Lucas 10,16; confrontar Lumen Gentium 20), reciben con docilidad las enseñanzas y
directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.


 



          3.2 Los dogmas de la fe


El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente
la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone,
de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe,
verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera
definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.




Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida
espiritual y los dogmas.
Los dogmas son luces
en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro.
De modo inverso, si
nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos
para acoger la luz de los dogmas de la fe (confrontar Juan 8,31-32).




Los vínculos mutuos y la coherencia de los
dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de
Cristo (confrontar Cc. Vaticano I: DS 3016: "nexus mysteriorum"; Lumen
Gentium 25). "Existe un orden o `jerarquía' de las verdades de la doctrina
católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe
cristiana" (Unitatis Redintegratio 11)






          3.3 El crecimiento en la inteligencia
de la fe




Gracias a la asistencia del Espíritu Santo,
la inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la
fe puede crecer en la vida de la Iglesia:




"Cuando
los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón" (Dei
Verbum 8); es en particular la investigación teológica quien debe "profundizar
en el conocimiento de la verdad revelada" (Gaudium et Spes 62,7; cfr.
44,2; Dei Verbum 23; 24; Unitatis Redintegratio 4).




Cuando
los fieles "comprenden internamente los misterios que viven" (Dei
Verbum 8); "Divina eloquia cum legente crescunt" (S.Gregorio Magno,
Homilía sobre Ez 1,7,8: PL 76, 843 D).




"Cuando
las proclaman los obispos, sucesores de los apóstoles en el carisma de la
verdad" (Dei Verbum 8).






"La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas" (Dei Verbum 10,3).     (CATECISMO
DE LA IGLESIA CATOLICA n.84-90; 94-95)